Costa Rica ha construido su identidad alrededor de la abolición del ejército, una decisión histórica que marcó al país como símbolo mundial de paz. Sin embargo, esa imagen ya no refleja la realidad cotidiana. Aunque no hay soldados en las calles, el país enfrenta una guerra silenciosa y devastadora: la del narcotráfico, el crimen organizado y la violencia creciente.
Los homicidios alcanzan cifras récord, los tiroteos son cada vez más frecuentes y la inseguridad dejó de concentrarse en zonas específicas para expandirse por todo el territorio. El narcotráfico no solo disputa territorios; también corrompe instituciones, erosiona la confianza en el Estado y se instala como una economía paralela en comunidades abandonadas por las oportunidades.
Mientras tanto, las fuerzas policiales operan con recursos limitados, falta de personal y presupuestos que no alcanzan. Costa Rica abolió el ejército, pero nunca definió una estrategia sólida para garantizar su seguridad futura, y hoy paga el costo de ese vacío.
La violencia no surge de manera espontánea. Se alimenta de la desigualdad, la falta de oportunidades y la ausencia del Estado en lugares donde el narco ofrece dinero rápido y un sentido de pertenencia a quienes sienten que el sistema los ignoró.
El país enfrenta un conflicto que exige liderazgo, visión y reformas profundas. Un país sin ejército necesita instituciones fuertes, policías modernizadas y comunidades resilientes. La paz no se mantiene con discursos; requiere acciones valientes, inversión constante y una estrategia nacional a largo plazo.
Costa Rica eligió la paz hace más de siete décadas. Hoy le corresponde defenderla con la misma determinación. Porque no tenemos ejército, pero sí vivimos en una guerra que demanda respuestas urgentes.
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